Madrid de Tango: El Cambalache

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Nombre de tango tenía que tener. El Cambalache es una canción de sueños y desilusiones en el corazón de la ciudad. Tan lleno de contradicciones como una canción de Gardel. Es un take away mentiroso, que te invita a irte pero que desea que te quedes. Tiene esa timidez del amante primerizo. Teme ser descubierto.

A pesar de su nombre, no escucharás nunca un tango allí. La banda sonora del local es un muestrario de historias de otros que se hacen muy nuestras, casi todas con acento porteño y dueño anónimo en esta ribera del océano. Es en la plaza Joan Oriol donde se encuentra este refugio de historias perdidas en Malasaña. Los que se acercan por allí suelen permanecer dentro muy poco. Craso error. Freshland te propone sentarte cómodamente, soñar a través de sus cristaleras y enamorarte del Madrid con sabor a tango.

Durante una época yo fui un exiliado en sus mesas altas perdido en los sabores del hojaldre argentino. Apenas cinco mesas reservadas para los pocos afortunados que disfrutan viendo como a su alrededor todo gira sin cesar. Los sonidos de la calle inundan el local mostrando con ternura la realidad de la vida madrileña.

Al Cambalache le gusta abrir tarde. Su plaza siempre te acoge a la sombra esperando el pistoletazo de salida de un día diferente. Pasadas las dos ocupo mi puesto. Nada mejor que arrancar con una empanada de pollo con trufas y unas raciones de esas pizzas rellenas de las que tanto he oído hablar. La pared que me acompaña es la mejor agenda de eventos de todo Madrid. Carteles coloridos de conciertos de pop castizo o de la Bòheme informan de la decadente vida cultural de la ciudad. La decoración del lugar te permite sentirte como en tu propia casa.

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Durante el día, la clientela se basa en algún despistado, turistas, malasañeros y muchos incondicionales de sus sabores, su repostería o su exquisito pan artesano. Una ola de calor sofocante nos visita pero se mitiga en su interior mientras me viene a la cabeza la canción de Dylan, Rainy Day Women. Solo falta la lluvia para acompañar a ese vodevil de cuerpos masculinos y femeninos que pasean enmascarados al sol del barrio.

La tarde transcurre sin sobresaltos hasta la llegada de la noche. Malasaña explota. En ese momento de descanso solar el local muta. Se convierte en puro Shostakovich, una danza maligna en la que las caretas desaparecen y descubres lo que la ciudad esconde al caer la noche. La fauna autóctona toma la calle y por ende el local. Comienza el baile.

Colgados impenitentes inician su procesión por la locura de Madrid y demandan unas buenas porciones de pizza, de espinacas, queso de cabra y bechamel, para acompañar algún desvarío presente o futuro. Algún nocturno se evade mirando a la luna y su esperanzadora luz, que adorna una deliciosa empanada de ternera con pasas. Los más exclusivos se deciden a probar la Pata Negra, una pizza premium que coquetea con el parmesano, el jamón ibérico, la rúcula y el aceite de trufa.

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Diferentes grupos de personas pululan por la plaza buscando animar una semana que se acaba entre promesas. Las niñas bonitas hablan de lo bonitas que son y de los amores dejados tras de si y de los que vendrán por delante. Las parejas se miran con deseo y a su alrededor fluyen historias interminables. El amor siempre es brujo al calor de las pizzas con sabor a Provolone y tomate natural y las empanadas de jamón y queso.

Llegan hasta mis oídos historias de artistas buscando o encontrando nuevos caminos y de personas enfrentadas con los géneros. También se habla de derrotas e ilusiones truncadas. No obstante, las sonrisas parecen obligadas en El Cambalache. Aquí todo puede pasar rodeado de tartas, algunas tan brillantes como las de queso o chocolate, tiramisú, alfajores o exquisito mate.

Los ruidos de Malasaña nos llaman. No respondemos a su llamada y nos mantenemos dentro, esperando a que todo lo que pueda suceder suceda hasta la una de la mañana. Ante su barra se inclinan mujeres soñadoras que creen, demasiado o no, en sus múltiples opciones. Ellas suelen preferir las empanadillas Cuatro Quesos: exquisitas, digestivas e ideales para las noches de estas damas de capital. A su alrededor, pululan admiradores tratando de aparentar lo que no son mientras se decantan por sabores fuertes disfrazados de champiñón, cebolla y bacon. El local acoge también a amigos que venderían a su compadre por un puñado de dólares, alguna persona honrada, cuñados con suerte y mucho talento desperdigado.

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El Cambalache es una bitácora de tendencias y personas en la que todo adquiere su verdadero relieve al ritmo de las porciones de albahaca, jamón y queso. Muchos son los que se marchan con su manjar lejos de nuestra vista, buscando experiencias. Otros se quedan y observan, se informan y ríen. La comida nunca falta y viene acompañada de mucha dedicación.

7 de septiembre, un día con nombre de canción. Una melodía desafinada más dentro del cosmos surreal del Cambalache. Dulce y salado se fusionan en el plato mediante la empanada más audaz del local, la de espinaca y calabaza, y también fuera del local con una fiesta poco común. Como ya bien sabes, todo puede pasar en El Cambalache.

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Sonidos de tambores y cánticos entran por la puerta para llamar la atención del festival que están montando en la plaza. Los Hare Krishna de Malasaña la lían con un espectáculo austero pero muy animado que comienza a llamar la atención de todo el mundo. Me uno a ellos como uno más y de esa manera soy recibido. Un carruaje que transporta deidades se inunda de las flores lanzadas por cientos de personas cantando y respirando felicidad. Los dioses se parecen más a inofensivos peluches que a nuestras tallas. Lo cual aporta una dosis de buen rollo extra.

Todo es tan inofensivo que parece que algo se hincha en mi pecho, será la paz de espíritu o el humo que flota en el ambiente, eso aún no lo sé. Los bailes en armonía me contagian y me uno al evento mientras a lo lejos, El Cambalache me cuida en silencio. Continúo en un realismo extraño que parece sacado de una ensoñación de Valle-Inclán. Sobre un escenario poco improvisado el antiguo percusionista de Celia Cruz presenta ante sus acólitos su nuevo trabajo, una mezcla del son cubano y de la musicalidad tibetana. Un lujazo inesperado que desemboca en una locura comunal indescriptible.

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Una vez terminado el show y cerrado El Cambalache me dispongo a encontrarme con mis nuevos amigos. Las persianas de este local con acento porteño son compañeras de los múltiples noctámbulos que se dan cita en Joan Oriol: Algunos vecinos, gente guapa, muchos guiris buscando diversas sustancias y Ángel, el mendigo que cree que todos tenemos un ángel dentro aunque él diga ser el Ángel Caído. La poesía reina en los labios de la calle, siempre.

Cierro mi semana en El Cambalache haciendo un resumen de mis platos favoritos en un menú cómodo, sabroso y acorde con mis bolsillos vacíos: Empanadilla de ternera con trufas, un pebete vegetariano y tiramisú. Platos exquisitos y regados por el encanto del hilo musical y sus recuerdos. Para despedirme me encuentro con la cuenta de ese día pagada por el local. Un gesto de hermano en un país de cuñados. Benditas diferenciales culturales. Prometo volver pero antes he de partir para vivir entre dos vidas, o quizás para vivir un tango lejos del local donde ese género musical adquiere su dimensión real. Ya sabes, ese lugar donde todo puede pasar llamado El Cambalache.

EL CAMBALACHE

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