Just keep your panties on

UnromanticNYC4

La desconocida lo dijo sin mover el gesto, como si mi petición de dejarme las braguitas puestas fuera de lo más habitual. Simplemente cerró la puerta tras de sí mientras me dejaba intimidad para terminar de desnudarme. Pensé que no debía ser la primera que mostraba pudor al llegar el momento de la verdad y volví a maldecir mi ignorancia ante cosas, por lo visto, tan básicas.

Una hora y media después, algo adormilada y con una piel brillante, mi amiga Marta me miraba ojiplática mientras lanzaba la pregunta del millón: “¿Pero entonces el culo también entra en el pack?” Por lo visto, no era la única a la que nunca le habían dado un masaje.

Era el último sábado de Agosto de calor húmedo e insoportable y, cuales electrodomésticos que dejan de funcionar el mismo día, yo tenía en mi poder unos “Groupones” de mi cumpleaños que vencían todos el último sábado del mes, el 31 de Agosto. A saber: un masaje, una limpieza de cara y una visita a los míticos baños turcos del East Village.

Ninguna indicación me fue dada para disfrutar de los primeros regalos; para el último, sin embargo, me sugirieron que fuera con alguien con quien pudiera reírme. Así que allí estábamos Marta y yo, intentando encajarnos en una de las minúsculas mesas del Caracas, para comer algo antes de dirigirnos hacia los baños.

El Caracas es un lugar venezolano, de mesas pegadas las unas a las otras, manteles de flores y conversaciones sin intimidad ninguna. Mientras devorábamos unas arepas sin compasión, la conversación se perdía en nuestras incertidumbres habituales: trabajo, visados, relaciones y subsistencia en general.

Al salir, fuimos a tomar un café mientras intentábamos recopilar toda la información que teníamos sobre los baños: Sabíamos que había turnos para mujeres, hombres y mixto. Nos habían avisado de que veríamos a hombres a los que darían masajes con hojas de lechuga. Alguien nos había insistido en que entendiéramos que no se trataba de un spa, sino de un lugar mítico que llevaba abierto desde hacía un siglo.

El tema del spa no nos costó mucho tiempo entenderlo. Al entrar en el desangelado vestuario de mujeres, un bidón lleno de sandalias usadas y mojadas, nos esperaba. “Cualquiera de esas sandalias puede andar por si misma mientras es empujada por hongos”, comentaba Marta, divertida, aunque a una distancia prudencial del bidón, por las dudas.

Cinco minutos después, uniformadas con nuestros bikinis y dos toallas cada una, bajamos unas angostas escaleras hacia la sauna. Sólo entrar había un banco de piedra donde 8 hombres sentados nos recibieron mientras nos analizaban. “¿Nos hemos equivocado de día? ¿Es el turno de hombres hoy?”, pregunté a Marta, que como respuesta, me lanzó otra pregunta, «¿están azotando con hojas de lechuga al hombre del fondo?” Preventivamente, decidimos ir en la dirección opuesta a las azotes.

Así, fuimos entrando, empujadas por la ignorancia de nuevo, en las pequeñas saunas que había a derecha e izquierda. Un hombre se compadeció de nosotras y decidió ser nuestro guía espiritual. Nos explicó cuánto tiempo debíamos estar en cada sala, donde teníamos que sentarnos para conseguir respirar, cómo debíamos enfrentarnos a la piscina de agua fría y, en un último esfuerzo de gurú, nos llevó a la sala turca.

Para finalizar la sesión y continuar con el surrealismo; a Marta le insistieron en azotarla con las hojas y yo terminé hablando de la situación actual de España con un señor que me regaló un melocotón, de extraña procedencia.

Salimos de allí entre carcajadas, cogidas por los hombros como colegialas y sólo parando de reír para recuperar el aliento. Los últimos rayos de sol nos acompañaban mientras prometíamos volver a repetirlo. Detrás dejábamos el mes de agosto, un verano caluroso y una sensación de incertidumbre esfumada con el vapor

Nueva York
Agosto 2013


Visto, oído y comido:
Lugar: Baños Turcos del East Village
Comida: Caracas
Cafetería: Ost Café

Texto: Álex Gargallo
Fotografía: Cecilia García

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