In case of emergency, cry your heart out

1473973_10152068627165189_1610232463_n

Me lo decía sin ningún tipo de sentimentalismo. Sus ojos azules estaban clavados en mi mano mientras yo me secaba la última lágrima. Me quedé mirándola durante un segundo, antes de que volviera a darme un abrazo y yo diera un gracias silencioso por tener compañera de piso.

En los dos años que vivíamos juntas, Helen y yo nunca habíamos tenido un nivel tan alto de intimidad como el que sentimos ese viernes por la noche. Y es que, en una semana, dos sucesos dispares habían conseguido unirnos como ninguna de las miles de cenas que habíamos compartido durante todo ese tiempo.

El primero de ellos ocurrió la semana anterior. Una familia de ratones decidió instalarse a vivir con nosotras. Como coincidió con el fin de semana largo de Acción de Gracias, no pudimos conseguir a ningún exterminador y, en la necesidad, nos vimos abocadas a contar la una con la otra.

El segundo de ellos, acababa de suceder. Tras un día particularmente duro, había perdido los papeles al intentar recoger mi colada. Era tarde, hacía frío, quería llegar a casa y, al ver la mirada preocupada de Lucy, la dueña de la lavandería, la primera lágrima empezó a bajar por mi mejilla, a modo de torrente y, sin duda alguna, de catarsis.

Al llegar a casa, en vez de dejarme sola en la habitación, Helen apareció con una botella de vino en la mano y un “cuéntamelo todo” en la boca. Y de ese modo, la última barrera se rompió. No le hizo falta hacer nada más; sólo escucharme, dar cabezazos y asentir en algún momento.

Dos horas y dos botellas de vino después, estaba con ella y su novio, Ben, en el comedor de nuestra casa, escuchando sus historias sobre los peores lugares en los que habían perdido los papeles. Ambos coincidieron en que llorar en lugares públicos era casi obligatorio, desde metros y autobuses hasta taxis y bicicletas. Además, por supuesto, del extraño desconocido, que bien te puede susurrar unas palabras de ánimo mientras el mundo se desploma a tus pies; cómo puedes ser tú el que te encuentres abrazándole al pie de una escalera en Brooklyn.

Esta es una de las cosas fascinantes de Nueva York; puedes tener momentos totalmente emotivos y trascendentales con alguien que sabes que nunca más vas a volver a ver. De hecho, quizás ese sea el motivo por el que ocurren… Siempre da una sensación extraña de libertad el poder contarle una intimidad a un completo desconocido. Por esa razón, aquí no sorprende que un amigo te cuente que ha pasado dos horas con alguien que conoció en la parada de metro; en una cafetería mientras leía un libro o cuando iba andando por la calle. Son encuentros fortuitos, pasajeros y, a la vez, significativos.

En estas cavilaciones me encontraba, cuando me di cuenta de que Ben y Helen ya estaban recogiendo la mesa, algo achispados, para irse a dormir. Les agradecí la compañía, el apoyo y, en un momento de exaltación de la amistad, nos abrazamos a tres bandas.

Cuando me metí en mi habitación, poco quedaba ya de ningún rastro tristeza y me dije a mi misma que, a veces, lo único que hace falta para arreglar un mal día, es un buen abrazo.

Y vino. Cantidades ingentes de vino.

Nueva York
Noviembre 2013


Texto: Álex Gargallo
Fotografía: Cecilia García

También te puede gustar