We are not in Williamsburg anymore, Toto

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Se lo dije entre contrariada y divertida, al pasar por el tercer bar de mi barrio y escucharle, por tercera vez, resoplar quejándose de que todos los lugares eran pequeños restaurantes románticos.

Nick y yo teníamos una relación de amistad totalmente neoyorkina. Nos conocíamos desde hacía dos años y nos habíamos visto, contando esa noche, 4 veces.

Habíamos ido al cine a ver una película de Alex Karpovsky, el talentoso actor que últimamente estaba en boca de todo el mundo, a una sala minúscula del Lincoln Center. Él mismo presentó la película ante una audiencia pequeña (apenas cabíamos 30 personas) y explicó que la historia, un director de cine que se va de tour a promocionar su película, fue grabada mientras él estaba realmente haciendo el tour.

En la película, el protagonista, Alex, sale malparado una y otra vez a consecuencia de sus malas decisiones. “¿Se supone que tenemos que sentir pena por él?”, me preguntó mi amigo al salir por la puerta, “yo no estaba tan echado a perder cuando era tan joven”. Lo que nos llevó a debatirnos si él, con 33; y yo, rozando la treintena, habíamos tenido una vida más simple o, simplemente, más aburrida.

Mi único amigo americano por el momento, a pesar de ser un chico de Pittsburg, era de Williamsburg de corazón. Y no es que fuera un hipster de barba abundante y pantalones pitillo; simplemente seguía enamorado de esa idea de Williamsburg como lugar barato, de cine independiente y de bares con personalidad.

Nick y yo teníamos una relación de amistad totalmente neoyorkina. Nos conocíamos desde hacía dos años y nos habíamos visto, contando esa noche, 4 veces.

Las dos primeras, hace dos veranos. En aquel entonces, verano del 2011, nos dimos un par de besos y decidimos que no era el mejor momento. La tercera, hace dos semanas. Compartimos un muffin, nos pusimos al día y, tras explicarnos mutuamente nuestra desastrosa vida amorosa, decidimos formalmente que íbamos a quedar como amigos.

Iríamos al cine juntos, veríamos exposiciones, hablaríamos de lo humano y lo divino pero, en el día a día, no tendríamos contacto ni nos preocuparíamos por las nimiedades que le sucedieran al otro. Si, seríamos amigos a la neoyorkina. Hubo un apretón de manos y cabezazos de asentimiento. Era un trato.

Así, en nuestra (flamante) nueva relación de amistad, decidí invitarle al cine y, de ese modo, terminamos en mi diner preferido, justo al lado de mi casa; compartiendo un grilled cheese sandwich y bebiendo cerveza.

El diner de Waverly con la 6ª es un clásico. De hecho, es tan clásico que tiene ese toque de decadencia que sólo poseen los lugares con solera. Se nota que sus paredes, sus mesas e incluso sus camareros han vivido tiempos mejores. Y a mí, esa sensación de nostalgia por un tiempo no vivido, siempre me ha atraído.

“¿Qué me dijiste que hacían tus padres?”, me preguntaba en ese momento mi amigo. Una batería de preguntas y respuestas nos llenaron las siguientes dos horas; mientras reíamos y nos sorprendíamos por tener un pasado tan similar, aún viniendo de lugares tan distintos. Cuando nos quisimos dar cuenta, eran las 2 de la madrugada. Él debía regresar a su mundo de baldosas amarillas y yo… bueno, yo seguiría sintiendo nostalgia por algo no vivido…

En ese momento me di cuenta de que llevaba un rato tocándome el pelo. Él me miró con media sonrisa. El flirteo estaba sobre la mesa. El trato había terminado.

Me pregunto si me volverá a llamar

Nueva York
Abril 2013

Visto, oído y comido:
Película: Red Flag
Lugar: Film Society Lincoln Center
Cena: Waverly Dinner

alex

Texto: Álex Gargallo
Fotografía: Cecilia García

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