Embrujo Cíngaro

Django

La música se escribe mejor con renglones torcidos. Quizás, se deba a que la música no se escribe, se siente. A lo largo del planeta surgen sensitivos capaces de transformar sus lastimosas experiencias vitales en sonidos armónicos. Esos personajes suelen no estar en el guión. Su éxito no responde a líneas argumentales establecidas. El talento diferente no se cultiva en lustrosas academias, brota de los lugares más insospechados encarnado en personas alejadas de las comodidades de los elegidos y se madura en la calle. Esa genialidad transforma las reglas establecidas demostrando que en realidad los límites que nos fijan nos los marcamos nosotros mismos. Hay quien tiene la maestría necesaria para demostrar que el valor de la peculiaridad es la que evoluciona el mundo y la que crea nuevas realidades artísticas que perduran eternamente. Desde una carreta ambulante en llamas la ruta hacia el paraíso es tortuosa pero Django Reinhardt conoce el camino. Lo lleva inscrito en las cicatrices de su maltrecha piel.

Nos encontramos en medio de una ciudad ambulante en continua gira. Los gitanos de etnia sinti son nómadas por designio genético. Su estilo de vida circense les lleva hasta Liberchies, Bélgica. Los decimonónicos carromatos de los sintis apenas pueden ofrecerles una vida digna ni mucho menos son capaces de recrear las condiciones apropiadas para atender a una parturienta. Es la noche de un gélido y nevado 23 de enero de 1910. Una bella bailarina y vocalista de nombre Laurence Négras Reinhardt se estremece de dolor ante las terribles pulsiones del parto. Felizmente da a luz a una criatura nacida bajo el destello de un manto estrellado al que dirige unos inquietos ojos negros. Eligen llamarle Jean Baptiste, como su padre el virtuoso violinista y guitarrista Jean Baptiste Weiss.

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