En la casa de los espejos, entrevista a Samuel Salcedo

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No es nuevo afirmar la importancia que la imágen tiene para nosotros. Ya lo dijo Giovanni Sartori hace más de 15 años, cuando habló de esta generación, la del homo videns. Las fotos, los íconos, los signos se nos aparecen cotidianamente convirtiéndose en imprescindibles para entender al mundo, representar lo que pensamos, lo que sentimos y simplificar en una cara triste aquello que preferimos olvidar.

Pero si lo que vemos posee tanta carga, ¿es posible olvidarse de lo que no vemos, lo que escondemos o lo que nos avergüenza?. Quizás sea por esta razón que nos sentimos tan cómodos con la obra de Samuel Salcedo. O quizás sea por esto que tanto nos inquieta.

Escultor barcelonés, Samuel trabaja piezas figurativas de pequeño y gran formato que nos hablan directamente al corazón, desnudando nuestros sentimientos y personificándolos. El dolor adquiere forma de rostro fruncido; el cansancio de manos lánguidas; la vulnerabilidad tiene forma de un hombre desnudo, desprotegido, bañado en pintura; la ironía tiene cara de Minnie Mouse y cuerpo de mujer; el saber, el existencialismo tiene forma de biblioteca con cabezas aplastadas por libros de plomo;la burla tiene forma de máscara; la vida tiene forma de cabeza de cristal, una cabeza que se deshace, que se derrite en el agua.

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Tan contemporánea es la obra de Samuel, tan contemporánea y necesaria, que meternos en sus personajes es mirarnos al espejo. Con sutileza y un delicado humor, nos trae una figuración que se agradece porque simplifica al arte, porque permite una lectura inmediata, pero también porque se trata de elementos fuertemente expresivos que nos ponen en evidencia ante nuestra propia intimidad y emocionan.

Tras su reciente participación en Swab 2013 y colados entre envíos de su trabajo a ferias de arte en Miami y Colonia, entramos al universo de Samuel, a su “House of mirrors” y rodeados de sus personajes, hablamos con él.

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Tu comienzo fue en el dibujo y la pintura, ¿cómo se dió el paso hacia la escultura?
A veces son casualidades. Cuándo empecé la facultad hice cosas, pero allí el proceso es muy limitado y tradicional. Mientras estudiaba estuve de ayudante de algunos escultores, como Jaume Plensa y trabajé de escenógrafo. Entonces fui aprendiendo y vi que podía hacer mis cuadros en tres dimensiones. En las ferias de arte me di cuenta que de mi trabajo las esculturas gustaban mucho y coincidió con un momento en el que yo me sentía muy cómodo con ella. En la pintura había llegado a trancarme un poco. Yo trabajo mucho en series, desarrollo una idea y luego la vuelvo a hacer cambiando todo. Siempre le estoy dando vueltas y la escultura me permitía empezar de cero.

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