Todo sabe mejor con un poco de queso

Esa fue la frase que me conquistó. Y no sólo porque, efectivamente, todo sabe mejor con un poco de queso; sino porque conectamos.

1394826_10151926397000189_654266051_n

Él me miraba, a 6.000Km de distancia y, mientras ponía el agua a hervir, me preguntaba sobre mi infancia, mi comida favorita de aquel entonces y la primera persona que la cocinó para mi… De ese modo tan sencillo, la habitación de hotel en la que estaba dejó de existir y un olor familiar llenó la estancia, mientras la figura tan querida de mi abuela apareció de la nada, con su delantal bien sujeto debajo del pecho y un plato de macarrones en la mano.

“Cierra los ojos”, me dijo el desconocido. “Acabas de abrirlos, no hagas trampas”, dijo riendo al tiempo que yo recordaba que él me estaba viendo por Skype, aunque no estuviera presente.

“Visualiza el plato; los colores, los olores, el lugar… Ahora, con los ojos todavía cerrados, coge el tenedor que tienes al lado del ordenador, llévatelo a la boca y empieza a comer”.

Una sonrisa se dibujó en mi cara, seguida de una risa ligera y coqueta. Puede que me hubiera transportado a otro lugar, pero no tanto para olvidar que estaba en una obra de teatro y que otras 5 personas estaban a mi alrededor, con auriculares, hablando con desconocidos en otros puntos del planeta.

Al salir, la misma mujer que me recibió me señaló unas tarjetas en blanco, y me animó a dejarle un mensaje a cualquiera de las 3 personas con las que había hablado. Ante mi titubeo al coger una única postal, se acercó a mi y me susurró un “Lucciano” al oído.

Así que escribí a Lucciano. “The best chef ever”, le puse en el destinatario y le agradecí, de corazón, el que me hubiera traído a la memoria el recuerdo de mi abuela en una tarde cualquiera de febrero.

Mientras esperaba a que mi amigo saliera de sus tres experiencias mundanas, llamé a una amiga, sobrecogida, para contarle la experiencia.

“Debería haberle dejado mi e.mail a Lucciano (o cómo quiera que se llame en la realidad)?”,

me escuché preguntarle.

Cuando mi amigo salió y contrastamos historias, nos dimos cuenta de que habíamos hablado con la misma gente: una pareja en Brasil, una argentina en Buenos Aires y con Lucciano en Bucarest.

Mientras nos sentábamos a cenar, yo seguía hablando de Lucciano, de conexiones y de coincidencias increíbles. Con una media sonrisa, mi amigo atinó a decir: “Te dijo lo del queso?”. Silencio. “Todo sabe mejor con queso”, me espetó mientras me guiñaba un ojo.

No entiendo nada.

‐ Yo dije albóndigas. Esa es la primera comida que recuerdo. Mi abuela me la hizo.

Y ahí, la revelación. El momento en que te das cuenta de que la conexión sentida no era más que fruto de un muy buen guión realizado (y conseguido) para tocarte la fibra… Y cómo no hacerlo? Las memorias de nuestras primeras comidas siempre estarán asociadas a un ser querido! De pronto entendí que la mujer que me despidió supiera perfectamente a quién quería dejarle el mensaje y me pregunté, sólo por gusto, cuántas postales de agradecimiento recibiría ese chef ficticio que me había conquistado con queso…

En el restaurante, mi amigo, preso de una culpabilidad inusitada por desvelarme el secreto, se dedicó a agasajarme a base de comida. El tabulé, el cordero y el hummus nos llenaban entonces la mesa, mientras yo seguía, indignada, analizando y contrastando punto por punto la conversación; deseando ver, donde no lo había, una conexión real.

Por suerte, el vino y la comida copiosa me recordaron que estaba teniendo una conexión real en ese momento, mientras intentábamos desengranar el sentido de la obra y nos ocupábamos, durante la siguiente hora y media, de arreglar el mundo.

Nueva York
Febrero 2013

Visto, oído y comido:
Obra: Long Distance Affair
Lugar: The Gershwin Hotel
Cena: Ilili Restaurant

alex

Texto: Álex Gargallo
Fotografía: Cecilia García

También te puede gustar

  • David Arias

    Enhorabuena!! Gran texto y una prometedora nueva sección. Con impaciencia por un nuevo episodio. Un abrazo!!