Lo que Warhol se llevó

EdieSedgwick

Musas y dioses, difícil relación. La mujer como deseo e inspiración intelectual de hombres reprimidos cuya única salida es el arte. La ecuación no siempre se salda con gloria y sexo. Las nuevas divas de la irreverente élite artística son mujeres diferentes a las cándidas chiquillas que escapaban del celo cabrío de las antiguas deidades griegas. Ellas son preciosas amazonas buscando trascender mediante el arte y a través de la más absoluta devoción hacia el artista obviando sus propias aptitudes. Un peaje que pagan gustosas hacia un turbio porvenir. Se convierten en yonkis de aquello que les puede mostrar lo que ni sus lujosas escuelas ni sus buenas familias han podido enseñarles. Muchas de ellas cruzan el umbral de lo infrahumano y encuentran la paz mediante múltiples sustancias, amores artificiales y lugares sórdidos. A pesar de ello una intensa fuerza y un poderoso intelecto femenino definen a todos estos personajes lastrados por el desamor. A veces la vida nos acerca a brazos o cerebros equivocados. Quizás la sublevación espiritual que plantean los buenos artistas bien valga una vida o quizás esa destrucción personal solo sea la tenue penumbra de las élites artísticas.

Una hermosa e inocente criatura nace en una finca de 3000 acres en la Santa Bárbara de 1943. Es una radiante tarde de un 20 de abril. El bebé destaca por su sonrisa y sus ojos oscuros. Su familia tiene tal abolengo que puede presumir de bisabuelo amigo de George Washington y redactor de la constitución de los Estados Unidos. Los vestigios de los Sedgwick se pierden en la niebla de las primeras noches que los puritanos pasaron en la costa Este allá por el siglo XVII.

Siempre notables entre la clase dominante del país y oriundos de Massachusetts, los precedentes psiquiátricos de sus padres inducen a un buen médico a aconsejarles en su lecho de boda no tener jamás un sólo hijo. Si no hubieran desoído el consejo no estarías aquí leyendo este artículo. Su hija Edith Minturn es la séptima de ocho hermanos. De Edith esperan que sea una señorita de sociedad que pesque un buen partido. Aún es pronto aunque la infancia de Edith no da tregua y forja un problemático carácter.

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A principios de los 50 una lluvia negra inunda de felicidad las posesiones de la familia Segdwick. Francis Minturn descubre petróleo en sus tierras y se hace aún más rico. Se trasladan a un rancho de 6000 acres próximo al lugar de nacimiento de Edith. En la vasta extensión de esta hacienda construyen un colegio para los críos. La exclusividad de su linaje hace que sus padres se nieguen a llevarles a una escuela pública ni a que se junten con otros niños de su edad exceptuando los herederos de grandes fortunas hermanadas con el clan. Los salones de su lujosa mansión victoriana son testigos de fastos en honor de la decadencia aristocrática americana donde se agasaja a los principales potentados de la nación. De espaldas al mundo su cosmos de porcelana transcurre entre fiestas de sociedad, escuela y visitas al médico particular de la familia para la administración de vitamina B a las damiselas Sedgwick, Edith y Suki.

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