Pornografía y Arte

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Si hay algo del porno que me tiene encandilado [además de los culos y las tetas] es la voluntad que ponemos para creérnoslo a pesar de la falta total de conexiones con la realidad. Dejando de lado el típico argumento del fontanero que llega en el momento justo para arreglarle las cañerías a Bunny La Joya, nada de lo que ocurre en una película porno resulta del todo creíble. No son dimensiones habituales para casi nadie, entiéndanme, ni las actitudes de los “parteneres”, claramente sobre actuados  ni el maquillaje en el culo, ni la luz quirúrgica, ni la música que suena de fondo [aunque esto creo que es más subjetivo.  Una vez, una señora de la limpieza me dijo que yo escuchaba música de película de porno, y eso que sonaba Radiohead, así que fíjense].

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El caso es que ninguna de estas pruebas en contra nos impide sugestionarnos y convencernos durante 5-10-15 minutos de que ahí, en eso que vemos, está la verdad de nuestros impulsos, para volver de súbito a la objetividad una vez terminada la función. Algo parecido tiene que ocurrir en el arte, se ha de cambiar por un rato el estado mental de lógica habitual para poder adentrarse en el universo del artista y navegar hasta donde pueda cada cual en la estructura interna de la obra. A veces, no se pueden demostrar todas las correlaciones con la vida real, pero te has de abandonar y darles crédito, y al igual que con el porno, puede que acabes ensuciándote la ropa interior. Perdónenme si sueno sucio, pero suele ocurrir en el arte que conforme te esmeras por limpiar tus poluciones, te vas adentrando en un nuevo juego de manos, para tener que volver a la limpieza una vez y otra y otra hasta que al final, con suerte, la limpieza perdura, y esta es la señal de que la pintura, la poesía o lo que sea, ha tocado algún resorte que varía significativamente la concepción que se tiene del mundo, y se sale mejor y más limpio de lo que se entra en ella [una misteriosa caja negra, que diría Joan Margarit]. Esto lo sabe hasta el peor artista.

MALO

Es habitual que cierta actitud rebelde, sobre todo en estudiantes de arte o en artistas inexpertos [o directamente mediocres, si perseveran], conduzca a confundir la provocación con la pornografía e intercambian el supuesto escándalo que hubiera de producir un óleo con genitales en primerísimo plano con la fuerza del arte verdadero. Me refiero, lógicamente, a artistas contemporáneos, ya que ahora, quien más y quien menos, hasta la chica más mojigata, se ha tragado unas cuantas sesiones de pornografía, sola o acompañada. Todos tenemos en la cabeza el “Origen del mundo” de Courbet, cuyo vórtice principal parece que al fin tiene dueña, “Le déjeuner sur l´herbe” o la “Olimpia” de Manet, y el fuerte olor a sábanas sucias de los dibujos más cochinos de Picasso o del hiperlúbrico Klimt, obras todas ellas muy polémicas en su momento, pero inofensivas para la moral actual,y por tanto, sólo conservamos de ella su dimensión artística. El valor erótico de la pornografía suele decantarse con el tiempo, de manera que el valor artístico de estos artefactos, de haberlo, es lo que queda en la superficie. Paradójica inversión de fondo y superficie, pues si algo es la pornografía , a priori, es esencialmente superficial.

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Un tipo muy listo ha aplicado esta fórmula al revés en su penúltima película, politizando una estética de la pornografía en el arte tan sutil que apenas eres consciente de estar viéndola, pero que te excita hasta que descubres lo que realmente es y los malvados fines a los que sirve. Me refiero a Roman Polanski [que de perversiones y superficies sabe un rato, pero también de profundidades] y a su película The Ghost Writer  –“El escritor”, en español-  y al uso que hace de los lenguajes arquitectónicos y artísticos de la espectacular casa donde se desarrolla casi toda la historia [casa que por cierto es un plató. El sucio juego de manos del que antes hablaba]. Lo que parece una refinadísima construcción en un paisaje salino cercano al océano, no exento de metáforas y alusiones, con unos muros de hormigón de impecable encofrado, vestidos con algunos cuadros y esculturas  muy llamativas pero de escaso valor artístico, lo que parece un ejercicio de estilo de alta cultura, con una mirada más atenta, se nos revela como una de esas casas que salen en los programas televisivos de «casas de lujo» , de promotores con dinero que no poseen la más elemental formación estética, o una de las viviendas para futbolistas «superdotados» del estudio A-Cero, donde la perversión que supone hacer pasar por arte una superposición de lenguajes arquitectónicos y artísticos sin orden ni concierto, con la única finalidad de excitar los sentidos del espectador,  deviene en la definición más aceptada de la pornografía. Pornografía donde se refugia, en este caso, un presidente de gobierno.

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Miguel Retamero

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