Sonrisas nocturnas

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La bohemia ha muerto lánguidamente entre poses artificiales y redes sociales. Occidente ha perdido su identidad devorada por su propio ego. A través de la exaltación del mainstream el auténtico dandy se diluye, se convierte en un mero observador de la noche en lugar de explorar sus extremos. Una pérdida mayúscula para todos nosotros, puesto que en la noche se encuentran los mejores relatos de una sociedad y de sus verdaderos valores y patrones conductuales. Ella, pícara como ninguna, desnuda al individuo y le reencuentra con su lado más irreflexivo. Nido de las creaciones de soñadores inconformistas palidece a causa del convencionalismo disfrazado de singularidad. Una máscara que nos convierte en relaciones públicas de nosotros mismos sin afrontar las consecuencias de lo que somos. Esta estudiada pose nos alinea según las tendencias que fijan unos pocos. Nos hace dependientes de ciertos objetos y estilos que nos uniforman. Lo cual conlleva a que la peculiaridad y la autenticidad necesarias para explorar el arte libre y salvajemente se hayan extinguido. Todo nuestro concepto de vida se etiqueta y se manufactura para un consumo rápido. La buena estrella suele abandonar a quien indaga nuevas realidades sin importarle la grave destrucción espiritual o material que puede conllevar. Pero es sabido que cuanto más cerca estés del caos, más cercana se encontrará la solución o el autoconocimiento. Quizás esa sea la única y oculta recompensa que tenga vivir. Y nadie como el mejor jinete que el caballo ha podido tener para atestiguarlo.

Chensey Henry Baker Jr. nace en medio de dos profundas depresiones: una, familiar, la otra, económica. La vida del pequeño Chesney no iba a ser sencilla desde ese 23 de diciembre del año 1929. La granja de su padres no soporta la dura recesión que sufre el país debido a la codicia de la economía ¿Te suena de algo? La dramática situación del país tiene parangón con lo que sucede en casa de los Baker. Discusiones y agresiones continuas hacen el día a día insostenible. Su padre es un aspirante a guitarrista sin ninguna fortuna. Abandonan su Yale natal, en el estado de Oklahoma para refugiarse en el crisol de las supuestas oportunidades, California. Corre el 1940. Crece en Los Ángeles donde su madre encuentra un empleo en una perfumería. Paralelamente, Chesney madura en la realidad que crea imbuido por la música de su padre y por el Jazz que no cesa de brotar de aquellas radios tan decorativas que presidían los humildes salones de la clase trabajadora americana. Su padre se empeña en que el crío toque el trombón, previo abono de los costes de sus clases de música por parte de su madre. Él prefiere emular a sus ídolos Henry James y Bobby Hackett. Se decanta por la trompeta y se las ingenia para abandonar el instituto de Glendale. Aprende a tocar de oído mientras se deleita ganando concursos de jóvenes promesas y actúa, con menos entusiasmo, en el coro de la iglesia.

En esta etapa del relato de su propia vida, Chesney juega con su leyenda y nos encontramos en un realismo mágico creado por los recuerdos e invenciones de su distorsionada y genial visión de la realidad. Confiesa y desmiente su huida del hogar, hastiado de una madre posesiva y un padre cautivado por la bebida. Comienza una carrera delictiva que le conduce a vivir deprisa, siempre un paso por delante de la pobreza que le pisa los talones. Quema una gasolinera para conseguir unos pavos. Las comisarías de la ciudad ya conocen a un tal Chet Baker. No ha cumplido todavía los 16.

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Decide enrolarse en el ejército poco tiempo después. Deja constancia en una hoja de servicios infructuosa. Es 1946 cuando se integra en el regimiento 298 y es destinado a Berlín. Se convierte en trompetista de la banda de su unidad. La ciudad sale de la posguerra y sufre las tensiones entre los bloques que ocupan y dividen la ciudad. Chet se encuentra en el epicentro de la guerra fría, al igual que le sucederá a Elvis una década después.

Le trasladan al desierto de Arizona. La arena y los cactus que inspiraron a John Ford no son de su agrado y abandona la disciplina militar alegando locura en 1948. Se inscribe en El Camino College de Los Ángeles. Allí le enseñan armonía y teoría musical. Compagina su recién estrenada vida académica con las noches californianas. Amalgama de camellos, buscavidas, coristas y bellas mujeres aspirantes a estrellas. Mas encuentra un universo sonoro donde los músicos negros plasman el estilo Cool o West Coast. Siente tal fascinación por ese reducto de libertad que poco a poco se aleja de los convencionalismos sociales. Regresa al ejército en 1950.

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Su destino en esta ocasión es San Francisco. Frecuenta tugurios no exentos de glamour decadente como el Bop City o el Blackhawk. Crece en su interior el deseo de dedicarse a la música. Se licencia sin honores de la armada y conoce al bajista Andy Lambrert con el que traba una profunda amistad. Lambert le introduce en la Marihuana. Me encanta la maría, bendito seas Andy. Su intensa relación con la planta dura ocho años. Le inspira y su trompeta empieza a visitar club tras club buscando dinero fácil, mujeres y una oportunidad de convertirse en profesional. Entregado al alcohol, la hierba y la vida fácil explora los rincones más inhóspitos de su mente. Actúa durante horas de virtuosa improvisación preso de una verdadera locura escénica. No tiene una gran voz ni posee un virtuosismo excepcional con el instrumento pero su tono vocal quasifemenino y su encanto personal generan estragos entre el escaso público que observa estupefacto sus primeras actuaciones.

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