La primera piedra

Celos, envidia, las puertas del Olimpo se cierran bruscamente ante aquellos que su talento eclipsa egos narcisistas. Es tan antiguo como Salieri y Mozart. La rivalidad del talento suele ser mucho más sucia de lo que parece y acaba por destruir al más débil, al artista con una mayor capacidad creativa. Ellos hallan consuelo en los placeres más destructivos de la vida. Es un duro peaje para la música que los divos se repelen con esa extraordinaria fuerza magnética. Siempre nos preguntaremos qué hubiera pasado si alguno de estos exiliados culturales hubieran tenido la fortuna de compartir su talento sin prejuicios ajenos. El stone primigenio nos hubiera conducido a quebrantar las barreras culturales del mundo actual uniendo todos los lenguajes musicales conocidos a través del Rock.

Nadie era muy consciente de la revolución cultural que iba a suponer el nacimiento de Lewis Hopkins Brian Jones el 28 de febrero de 1942. La pequeña ciudad de Chetelham, al sur de Inglaterra acoge a un matrimonio feliz de origen galés y de buena posición social. El cabeza de familia, Lewis, es un eminente ingeniero aeronaútico aficionado al Jazz y al piano. Su esposa, Louis, da clases de piano a los chicos del barrio. El niño es acogido en su hogar con gran devoción y él encaja como anillo al dedo en aquella familia con su Coeficiente Intelectual de 135. La felicidad de la casa se resquebraja cuando su hermana Pauline muere de leucemia con apenas tres años.

El trauma no le impide al joven Brian destacar en la escuela. Notas excelentes, timidez y destacado papel en deportes, a pesar de su asma crónica. Toca la flauta y el clarinete para asombro del claustro de profesores. Su madre le enseña a leer música.

El salto a Secundaria forja un caracter rebelde y autodidacta. Se distancia de los libros y se sumerge en la música. Empieza a beber con 13 años, descubre la vida nocturna y a Charles Parker, que termina por introducirle en el Jazz. Tiene escarceos con el Blues y con las mujeres. Con 16 años deja en cinta a una cría de 14. Valerie se fuga a Francia. Por aquello del qué dirán. Es un colegio de pago y no está bien vista la fornicación infantil. En Francia, la chica da en adopción al vástago de Brian. A él le envían a Alemania. En el continente lleva una vida bohemia y malvive tocando Blues en tugurios de mala muerte. Le acompañan una botella de Whiskey y cualquier chica bonita que se interese por ese rubio inglés. En su periplo alemán vuelve a dejar embarazada a otra mujer, esta vez bastante mayor que él, casada y con hijos. Abandona tierras bávaras para pasar una temporada similar en Escandinavia. En esa especie de gira conoce las drogas.

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